Cuando llevas un largo tiempo preguntándote por qué los demás son tan ciegos, por qué nadie escucha lo que digo, por qué todos callan en momentos decisivos. Hay un instante en que sólo queda una pregunta cuya respuesta es tan incógnita que desespera… ¿QUÉ ES LO QUE ESTOY HACIENDO MAL?, ¿Será que no son ciegos, sino que no me quieran ver? Yo miro a muchos de ellos, pero cuando los miro ¿Realmente los veo?
Tal vez será que no me escuchan porque yo no los quise escuchar, o no hablan porque eso sería discutir hasta volver a callar y sólo gastar, así fuese una gota de saliva en vano, una palabra vacía, un sonido nada más.
Cualquiera podría auto consolarse diciéndose a sí mismo “no toda la culpa es mía”. Pero en realidad lo único que estaríamos haciendo es postergar ese pensamiento de “mea culpa” durante un tiempo indeterminado.
Qué es lo que hago, o NO hago, que sólo me permite comenzar cuanto mucho una amistad con otra persona.
Cuando fui cariñosa, cuando logré depositar, mi tan frágil confianza en las manos de otro, logré observar desde afuera cómo se derrumbaba mi fortaleza, cual castillo de naipes insulso y sin valor.
Cuando, por segunda vez, intenté entregarme a él y decir “bueno, esto es lo que soy”, “quereme como soy, porque también tengo cosas buenas”, me di cuenta que no permitíame entregarle calor, cariño, dulzura aunque sea. Era tanto mi miedo de volver a caer, que tal vez era mejor que las cosas pasaran y que sea lo que Dios quiera; y aunque no creo que Dios haya querido esto, fui la única responsable de mi fría actitud para con él.
Por causas de diferentes tipos intenté ser “como las demás”. Si ellas pueden estar con alguien un día y no ser nada al día siguiente yo también puedo, pensé. Así fui rotando mi vida, mis ojos, mi cabeza. Fui llenando mi boca de sobrias palabras, hasta tocar fondo y pensar “¿quién soy realmente?”. De repente en un parpadeo, lo que parecía haber sido un abrir y cerrar de ojos, había transformádome en aquello que tanto odio. Fue en ese instante, cuando chocarme contra la pared dolió, cuando desapareció el respeto por mi misma… y decidí cambiar.
-Las cosas pasan porque tiene que pasar-, y mal que nos pese, así es. Si tengo que estar sola, lo voy a estar; si tengo que dudar, voy a dudar; si tengo que pelear, voy a hacerlo… pero siempre por mí, porque si uno no lucha por conseguir su auto respeto, nadie lo va a hacer.
Antes de hacer lo que uno siente con el corazón, hay que evaluarlas con la razón en igual proporción. Esquivar los problemas no los hace desaparecer, sino que los conserva apartados en un costado para que cada vez al voltear, los recordemos.
Hay cosas en la vida que pesan mucho más que cualquier dolor, como ver emerger en al rostro de una amigo, una sonrisa, sentir un abrazo sincero, saber que en algún lugar del mundo, hay alguien que sin saberlo nos está buscando.
Los problemas son problemas y como tales hay que resolverlos, pero LA VIDA ES BELLEZA, ADMÍRALA.
Flor Fracchia
No hay comentarios:
Publicar un comentario